lunes, agosto 07, 2006

Noche tras noche

"Me dueles, todavía"

Su mirada triste me recordaba un sentimiento que conozco bien, y del cual sigo intentando huir inútilmente.

Sus ojos, los más oscuros y profundos que he conocido, me recordaban el mar sereno de aquella noche en la isla del faro en los años tempranos de mi juventud, una noche en la que descubrí las gaviotas plateadas de la isla de Todos Santos que brillaban en toda su gloria cuando la luz del faro las iluminaba en medio de su vuelo nocturno. Pero a diferencia de aquel recuerdo de mi niñez, en sus ojos no había brillo.

No le gustaba hablar de su pasado, y yo no la cuestionaba, solo disfrutaba del placer de verla cada noche.

Sabía como hacerme olvidar mis instintos intuitivos, como hacerme callar, dejar de preguntar, de intentar saber. Sabía como hacerme callar. Comenzaba a inventarme historias sobre su vida, sobre su pasado. Me hipnotizaba con el sonido de su voz y la luz apagada de su mirada.

A menudo jugábamos a inventarnos nombres, cada noche éramos una persona distinta, con historias distintas. Por un tiempo encontré esto divertido, y cada vez que intentaba pensar, ella me sacaba de mi y me concentraba en ella, así que después de un tiempo dejé de pensar.

Amaba la manera en que se sentaba al borde de la ventana. Las luces de la calle dibujaban su figura en un cuadro de armonía preciosa.

Mi parte favorita del día eran las horas que compartíamos noche tras noche. Nunca había conocido a nadie así. Lo más difícil eran las despedidas, ese momento inevitable, esa pequeña dosis de realidad. Al principio no supe como manejarlo, pero eventualmente, aprendí a lidiar con el hecho de tener que dejarla ir.

Quisiera poder haber hecho algo, pero la conocí muy tarde, muy tarde para cambiar el pasado.

Sus historias eran fascinantes, probablemente anhelos de una vida que solo pudo soñar, pero que nunca tuvo. Sabíamos que no eran reales, pero por unas cuantas horas ella necesitaba que yo le creyera, y noche tras noche, yo le creía.

Sólo así compartíamos esos momentos preciosos, como dos desconocidos. A pesar de que llevábamos semanas viéndonos, yo no sabía más de su pasado de lo que ella sabía de mi presente. Pero el saber que noche tras noche, aunque fuera sólo por una cuantas horas disfrutaba de su presencia, me hacía más ligera la soledad. Sabía que se iría, sabía que no podía detenerla, pero noche tras noche, deseaba que pudiera quedarse, que nuestras noches no tuvieran que terminar así.

Llegó un punto en el que necesitaba sus visitas, eran lo único que me sacaba de ese sentimiento que se anidó en mi interior desde aquella noche en la isla del faro. Esa inmensa soledad que se adueñó de mi ser mientras las ráfagas del viento subían por los acantilados y bajaban de nuevo rozando apenas los pastizales, creando un zumbido hipnótico. El frío y la adversidad, el saber que me encontraba a metros de mi refugio, que era vulnerable envuelto en la oscura noche, en una tierra ajena, lejos de todo, lejos de todos. Trataba de tomarlo con calma, de cuidar cada paso, no quería molestar a una serpiente o alguna alimaña capaz de hacerme daño así que no quitaba la vista del piso, hasta que por lo apresurado de mi paso y las ocurrencias de mi imaginación de niño, tropecé y terminé viendo el cielo estrellado. Era hermoso, me relajé por un segundo en los pastizales, mientras trataba de comprender qué eran esas manchas que veía en el cielo, interponiéndose entre mi vista y las estrellas.

Fue entonces que la luz del faro giró y las iluminó. Eran las gaviotas plateadas de la isla de Todos Santos, de las que nadie había hablado, porque nadie las había descubierto. Esa noche, yo las descubrí con asombro, e impresionado por la forma en que brillaban, me quedé contemplándolas un buen rato, hasta que el miedo y la soledad desaparecieron. Caminé lentamente, admirándolas, y ellas me iluminaron el camino de vuelta.

Al cabo de un tiempo, sus visitas comenzaron a afectarme. Cada vez deseaba con mayor intensidad poder hacer algo para detenerla, para que se quedara.

Noche tras noche, la conocía, y noche tras noche, ella regresaba al borde de la ventana de mi departamento del noveno piso. Las luces de la calle dibujaban su figura en un cuadro de armonía preciosa segundos antes de que saltara al vacío.

La luz apagada de sus ojos permanecía en la habitación durante horas, y continúa oscureciendo mi alma, noche tras noche.

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